A medida que se acerca el invierno y aumenta el frío, las infecciones respiratorias comienzan a ser moneda corriente, sobre todo en los niños más pequeños que asisten a la escuela.
Los catarros, resfríos o gripes se hacen habituales y hay que estar atentos a los síntomas para que estas infecciones no deriven en problemas como el broncoespasmo que, a su vez, puede seguir afectándolos una vez superada la infección.
Los bronquios son tubos que llevan el aire hasta los pulmones. Nacen de la tráquea y se van ramificando en tubos más pequeños hasta los bronquiolos y estos finalizan en los alveolos, donde se realiza el intercambio de gases.
En el broncoespasmo, los músculos de los bronquios se contraen haciendo que los bronquios sean más estrechos, dificultando que el aire puede entrar y salir. Aparece entonces tos y dificultad respiratoria y cuando auscultamos, se escuchan unos pitidos que se llaman sibilancias.
En el caso de los bebés, la bronquiolitis es una de las principales causas de broncoespasmo. Esta enfermedad surge siempre a raíz de una infección vírica y sus síntomas son similares a los de un catarro común, con mocos, tos y malestar general, pero la bronquiolitis se diferencia, precisamente, en la aparición de sibilancias y broncoespasmos.
La característica principal que tenemos que observar para darnos cuenta de que alguien tiene broncoespasmo es el escuchar un leve silbido que se hace al respirar.
La falta de aire en el broncoespasmo infantil también provoca que respiren de forma acelerada, y en el caso de los bebés, se puede identificar porque las costillas se meten hacia dentro del abdomen al respirar. Aunque puede sonar complejo de identificar, cuando se lo tiene delante es muy obvio.
Si crees que tu pequeño familiar está padeciendo broncoespasmos, lo mejor que podes hacer es acercarte a las urgencias de un hospital pero que lo traten adecuadamente.
En general, el broncoespasmo se puede prevenir si prevenimos las infecciones que lo provocan. Para ello, podemos poner en práctica algunas medidas básicas: