Su belleza, además de su físico y su rubia cabellera, fueron su eterna arma de seducción. Muchos hombres cayeron de rodillas derrotados ante semejante "monumento" de mujer. Por ésto es que se ganó el mote de "La Marilyn Monroe argentina". Pero Thelma Stéfani no sólo desprendía belleza a su paso, sino que padecía severos pozos depresivos al punto de tomar cuantiosas pastillas para lograr estabilizarse.
Thelma había nacido en Villa Luro el 25 de diciembre de 1948. Hija de padres italianos, tardó muy poco en descubrir que el baile y la actuación eran su destino. Por eso, impulsada por su madre, ingresó al Teatro Colón para estudiar baile, para abandonar todo cuando tenía tan sólo 20 años.
La vida le había deparado el destino de ser actriz, aunque quienes la contrataban no lo hacían por sus dotes sino por esa felina belleza. Nunca le faltaron hombres a su lado: desde Fabio Zerpa, pasando por Ricardo Bauleo, Ricardo Morán y Rafael Cohen. Todos relacionados, directa o indirectamente, con la actuación. Incluso hasta se la relacionó con Carlos Monzón.
Pero otro amor la marcó para siempre y la imposibilidad de que el mismo se concrete la sumergía en esos estadíos depresivos. No era otro que el por entonces gobernador de La Rioja -luego presidente de los argentinos en 1989- Carlos Menem. Ninguno de los dos desmintió el tórrido romance, que se daba en secretos encuentros en departamentos de la Capital Federal, o fogosas visitas de Thelma a la provincia gobernada por Menem. Siempre encontraron momentos para vivir a pleno el amor que se tributaban. Pero ella decidió ir por más y le planteó la elección entre Zulema y ella.
De la mano de Zerpa comenzó a incursionar en el mundo del esoterismo, para luego dar paso al tarot y a vincularse con el umbandismo. Cerca de su muerte, un día convocó a un grupo de amigos a su casa para un festejo privado. A la hora de contar el número de los presentes se dieron cuenta de que eran 13, número vinculado con la mala suerte. "Alguien de nosotros va a morir", dijo la actriz. A los pocos días falleció uno de los presentes y para ella el destino le tenía preparado un final parecido.
La madrugada del 30 de abril de 1986, en medio de un cóctel de antidrepresivos y somníferos, realizó un llamado telefónico. La historia no da precisión si el número marcado fue el de Menem o de quien por ese entonces era su novio. Días previos había invocado una premonitoria frase: "Estoy cansada, ya no quiero vivir más".
Lo cierto es que alguien tocó el portero eléctrico del piso 21 de Aguilar 2390, a metros de la Avenida Cabildo. La rubia, con su habitual voz sensual, atinó a decir: "Ya bajo, mi amor". A los pocos minutos se arrojó desde el balcón de su departamento, acabando de inmediato con su vida y llevándose para siempre el secreto que la llevó a tomar tal determinación. Tenía tan sólo 37 años.